sábado, 5 de septiembre de 2009

Difícil decisión


Perro, gato, gato, perro. Celia duda. ¿Cuál de los dos animales sería su mejor mascota para los años que le quedan de vida?. Su médico, que no es precisamente muy amante de los animales, le ha dicho que ni el uno ni el otro, pues teniendo en cuenta el promedio de vida de ambos, iba a coger parte de sus días de chochera y esos momentos no serían los más propicios para hacerse cargo de ellos. Al perro hay que bañarlo, pasearlo dos o tres veces al día para que defeque, entre otras cosas, y haga músculo también. Pero los cuidados no terminan ahí, pues hay que estar pendiente de las vacunas, de los piojos y no digamos nada si en sus cuerpo se instala alguna que otra garrapata.

Se lo piensa una y otra vez; admite que su médico tenga algo de razón y sobre todo recuerda aquel perro que por arte de ‘magia’ apareció un día en su casa de la mano de su marido que, por dar satisfacción a sus hijas, se presentó con el animalito en cuestión metido en una cajita de madera. Para las chicas fue un día de fiesta; nunca gozaron tanto como con la llegada de aquel bicho a la casa. Sin embargo para Celia fue otro cantar; ella no soportaba a los perros: en la calle si veía venir un perro por la misma acera era capaz de cambiar a la otra; no toleraba que el hocico de un animal como ese olisqueara o lamiera sus pies o su vestimenta. Vamos, que ya había pregonado a los cuatro vientos con anterioridad que si en su casa entraba un perro ella saldría de inmediato por la misma puerta.¡Qué ilusa!. ¿Cuántas mujeres habrán dicho lo mismo?

Pero de nada le sirvió su amenaza y un buen día aquel perro entró en casa. Al principio, la intolerancia fue total hasta tal punto que si Celia entraba en la cocina para hacer la comida estaba más tiempo subida en la banqueta que pisando el suelo. No aguantaba que el perro pusiera o mejor dicho clavara sus finas uñas en su bata de casa, su delantal o cualquier cosa que llevara puesta y que, como es lógico, acabaron con una finos agujeritos, apenas perceptibles a la vista.

Así pasó un día y otro, angustiada con la presencia de aquel ‘cuatro patas’ que nunca había querido, al que tenía que soportar su presencia, sus ladridos y para más narices al que tenía que preparar la comida. Sin duda lo suyo no eran los animales. Estaba claro. Sin embargo siempre llega un día en que las cosas empiezan a cambiar por ambas partes: me explico, el perrito en cuestión se va educando, ya no deja meaditas por las esquinas de la casa, sus ladridos no son tan continuos y, lo más importante, es el único que siempre sale a recibirte cuando entras por la puerta de la casa sea la hora que sea; por otro lado, Celia se resistió a los encantos de su mascota, a esas miradas que lo dicen todo sin abrir la boca. Y un buen día le deja lamer su mano sin hacer tantos ascos o le pone la correa para sacarlo de paseo. Primer error, pues ya hay otra persona dispuesta a sacar de paseo al perrito, librando de sus obligaciones a otras personas de la casa tan ‘comprometidas’ con sus obligaciones.

Incomprensiblemente Celia, a través de aquel perro, llamado ‘Buby’, aprendió a quererles, a acariciarles, a no tenerles miedo; pero siempre llega un día, ‘el día’ en que por una u otra razón hubo que sacrificarlo. Superar esa etapa, quien lo diría, fue lo más doloroso para Celia, quien andaba por la casa como una sonámbula, dirigiendo la mirada hacia los rincones donde solía estar habitualmente; echaba de menos la compañía de ‘Buby’ en las horas que se sentaba ante el televisor y éste se tendía a sus pies como si también él quisiera echar una siesta; echaba de menos el entrar en la casa y no encontrarse con la presencia del perro moviendo alegremente el rabo. Fueron sin duda años muy gratos, aunque también tuvo que soportar sus malas pulgas. Era feliz paseándole, yendo a la playa en las épocas permitidas, donde daba rienda suelta a sus carreras e incluso se sumergía en el agua si no había olas; o bañándose en la rampa de la zona marítima desde donde se tiraba para coger algún palo que le tiraba Celia. Era todo un espectáculo que entretenía además a la gente que paseaba por el lugar.

Aquel día en que ya se había tomado la decisión, de la que se haría cargo una de las hijas de Celia, ésta se encontró al volver de su trabajo con la sorpresa de que el perro estaba aun en casa. Por un lado, la hizo ilusión, pero por otro notaba que su angustia iba ‘in crescendo‘, pues sabía que sería testigo de su salida definitiva momentos después.

Pero lo peor no acabó ahí, ya que mientras Celia y su marido comían, el perro no se apartaba de su lado pidiendo algo de comer. La explicación es que tenía que ir en ayunas por indicación del veterinario. Celia recuerda ahora que estaba sentada en la silla y ‘Buby’ tenía las dos patas delanteras apoyadas en su pierna. De vez en cuando y con una de ellas le daba en el brazo como diciendo: ¡Que estoy aquí!. Insistía una y otra vez, mientras que a Celia se le partía el corazón no poder satisfacer ni con un trozo de pan su último capricho. Tenía además los ojos suplicantes clavados en ella, pese a que ya apenas veía y en ese momento fue la voz de la hija de Celia quien rompió el ensimismamiento tras decir: ¡Vamos Buby!.

Sólo habías vivido ocho años y saliste corriendo de alegría, creyendo que ibas a uno de tus habituales paseos, sin pensar en ningún momento que tus pasos estaban encaminados hacia la muerte. Celia lloró y mucho. Por eso, y después de analizar aquella situación, ha decidido que ni perro ni gato.

miércoles, 22 de julio de 2009

¡Otra vez no!



Celia coge el teléfono. Al otro lado del hilo oye la voz de un joven que le anuncia su visita inmediata para llevarle un presente en nombre de la editorial a la que representa.
-¡Otra vez no, por favor!. Si han estado aquí hace seis meses escasos. Resignación, se dice.
Celia vuelve a sentarse en su diván, frente a la televisión, pues no quiere perderse su novela favorita, que dura ya ni te cuento, pero la entretiene.
-¡Ojala no encuentren la calle, ojala no tengan dónde aparcar, ojala se retrasen una horita y me dejen en paz ver mi novela y, con un poco de suerte, me den tiempo a escaparme y tomarme mi café habitual!. Y el toro que lo lidie quien se quede en casa.
Pero Celia no tuvo esa suerte. A la media hora más o menos de reloj estaban puntuales presionando rabiosamente el timbre del portal. ¿Se me acabó la paz, córcholis!.

Dos individuos, no puedo decir jóvenes o rapaces porque no lo eran, ni adultos porque parece un término usado para los medicamentos, ni hombres porque sólo determina el género. Bueno dejemos de divagaciones y quedémonos con individuos. Traen sus maletitas de cuero, donde guardan miles de folletos que, según tus gustos, irán desplegando uno tras otro. Muy educados estrechan la mano de Celia, dejando en ella los efectos de sudor producido por el calor húmedo y agobiante del verano. ¿Cómo no van a sudar con sus trajes, su camisa cerrada hasta el cuello y luego esa corbata que si la aprietas un poquito más se les va a salir la lengua por la boca?.

La ingenua de Celia pone una condición: que sólo sea un minuto.
-Por supuesto señora. No se preocupe que sólo será un minuto.
Celia se dice paciencia, paciencia, ¿con qué me sorprenderán ahora?. Y he aquí que los dos visitantes le hacen entrega de un par de libros. Ya me están camelando.
-¡Bueno y esto a cambio de qué, porque no creo que por mi cara bonita me hagáis este presente!.
Y entonces empieza el desfile: usted es una de las clientas más antiguas (y tan antigua como que ya es abuela) y por ello queremos recompensar de alguna forma su entrega a nuestra editorial. Celia incrédula se queda mirándoles y entonces es cuando empieza la verborrea, acompañada por la apertura del maravilloso maletín. ¡Magia potagía, qué habrá en él!

Sobre mi maravillosa mesa toda llena de platitos de plata y otras chorradas inútiles empiezan a desplegar todo tipo de folletos: si te gusta la música pues música que te crió; si te gusta el arte pues hale veinte tomos escritos por los más renombrados entendidos en la materia; si te gusta la ciencia pues otro tanto de los mismo.
Pero de pronto te sorprenden con otra preguntita clave: ¿le gusta el pintor xxxx. Pues mire, dice Celia, es que no me hace ninguna ilusión ver en mis paredes los fusilamientos o los horrores de la guerra, No sé como decirle. Es que a mí me gustan las paredes más limpias. No tengo un palacio, ni una casa como la Moncloa.
-E insisten: le ofrecemos entonces unas reproducciones maravillosas de este otro pintor (xxx), ya enmarcadas, de tantas dimensiones.
-Oiga y ¿dónde piensan que voy a colgar tanto cuadro, si yo ya tengo la casa decorada?. Vamos, que mi casa con sus modestas dimensiones no tiene espacio para colgar tanta cosa.
Los argumentos van cayendo por su propio peso.

De pronto la pregunta que faltaba: ¿usted tiene hijos pequeños?.
-Mire mis pequeños son ya mis nietos.
-Pues para ellos esta maravillosa colección de dibujos animados, con los que pueden aprender hasta en inglés. No son bélicos ni contienen violencia. Una delicia.
Tira y afloja, tira y afloja, tira y afloja. Celia mira su reloj: han pasado tres cuartos de hora y su novela se ha ido al carajo. ¿Quién me va a contar lo que ha pasado en el episodio de marras?
Señora: su cumpleaños es el día tal del mes tal. Correcto?
-Si responde Celia con resignación.
-En esa fecha tendremos un detalle con usted y le enviaremos un libro.
-Perdón, reclama Celia, pero en esa fecha sólo admito joyas.
-¿Le importa que sean de 'cadena cien'?.
-¡Lo que me faltaba!, suspira Celia

martes, 14 de julio de 2009

Cumpleaños feliz...




“Quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay, ay!, como la luna”, canturreaba Celia por lo bajines mientras limpiaba con una bayeta el polvo de los muebles de su casa, pues ese día le había fallado la asistenta. Y ¿por qué canto yo esa canción y no una del ‘Dúo Dinámico’ que tanto me gustaban en mis años mozos?, se pregunta un tanto pensativa. Será que tengo el día un tanto infantiloide. De pronto recuerda que es el cumpleaños de su nieta mayor: 14 años ya. “Me están haciendo un poco viejecita, pero conmigo no pueden. Faltaría más“.

Celia marca su número de teléfono y tras felicitar a su angelical nieta y ahijada, quedan para ir a buscar un regalito. Hasta ahora la abuela siempre había cumplido con un regalo maravillosamente empapelado y atado con un precioso lazo sujeto al envoltorio con una etiqueta que rezaba: ‘Felicidades’ o ‘Que tengas un feliz día. Pero en esta ocasión prefirió salir con su nieta y ambas se encaminaron a esas tiendas de moda juvenil, que además estaban de rebajas.

¡Qué locura!, y eso que era un día lluvioso. Su madre ya la había advertido de que de ropa nada, pero no contó con que Celia llevaba la tarjeta de crédito y que ambas salían por primera vez de compras solas. Sin mosquitos alrededor que estén continuamente incordiando sobre esto sí y esto no. Ella a su aire, empezó a fijarse en unos vestidos negros. “No puede ser, se decía Celia, esta se me quiere poner ahora de luto. Y yo, su abuela, tratando de ponerme los vestidos más pintorescos y alegres de la temporada veraniega”.

Visitamos tres tiendas y de las tres salió con un paquetito en la mano. Que si camisetas, que si una blusita, unos pantalones con peto. Después de este último tuve ya que poner freno a tanto despilfarro juvenil, aunque en el fondo Celia disfrutaba de la ilusión que reflejaban los ojos de su nieta. Además la había regalado también un MP4 para oír su música favorita. Luego me confesó que había borrado las canciones que metí en su día para mi deleite, pues los gustos, como no, no eran coincidentes. Igual estaba la canción de ‘Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay‘…..

viernes, 10 de julio de 2009

A la carta



Muchos ya saben por experiencia lo que cuesta entender o hacerse entender cuando uno sale a un país extranjero y se encuentra que no sabe ni ‘papa’ del idioma en cuestión. Bien es cierto que lo inmediato es recurrir a uno de esos idiomas como el francés o el inglés, que estudiaste en el siglo pasado y nunca mejor dicho. Pero aquí te encuentras también con otro inconveniente y es que ya se te ha olvidado la construcción de frases, muchas palabras del vocabulario y sólo recuerdas lo más básico; en definitiva saludos, agradecimientos, números y algún que otro plato de las cartas de los restaurantes.

Ahí quería yo llegar, porque claro no todas las cartas, por no decir casi ninguna, tienen la traducción al idioma castellano de sus suculentos platos. Algunos puedes deducirlos, pero otros…Vamos, que como Celia es muy pero que muy bruta y no hay nada que se le resista y no para hasta hacerse entender de la forma que sea, en su reciente viaje, y sabiendo que el codillo de cerdo es uno de los platos que mejor prepara la cocina alemana, señalaba a la camarera la parte de su codo, que no tiene ninguna similitud con el del cerdo pero igual colaba. Ella, que parecía muy espabilada, pareció entenderlo a la primera y ahí que llega a los pocos minutos con un plato cuyo contenido se salía del mismo. Celia se acordó entonces de Carpanta, aquel personaje del TBO tan gracioso, que hubiese disfrutado un montón cogiendo con ambas manos aquel tremendo hueso que emergía de entre un gran trozo de carne. Menos mal que estaba muy bueno.


En otra ocasión la camarera no era tan espabilada, quizás por su juventud y falta de experiencia y Celia que no daba con el significado de aquella palabreja, que se le había atravesado en todos los idiomas, recurrió a imitar el sonido de los animales: primero empezó con el ‘pío-pío’ por si se trataba de un pollo u otra ave y, como éste le falló, pasó con su ‘grrr-grrr’ a imitar al mítico cerdo, cochino, marrano, puerco; que cada uno escoja la denominación que más le guste. La camarera se puso contentísima y asintió por el acierto tan rápido de aquella turista tan graciosa. Y Celia más por supuesto. ¿Se imaginan que Celia hubiese tenido que imitar a un sin fin de animales de graja o de caza ante una paciente camarera que no sabia si reírse o darnos con la bandeja en el mismísimo coco? ¿Qué estarían pensando los comensales que ocupaban el resto de las mesas de la terraza?. Bueno al menos con los ruidos ambientales, el tono de las imitaciones quedaba amortiguado y no llegaría con tanta nitidez a sus oídos.

Sin embargo, hay una palabra que la entiende todo el mundo, es universal: ’Bier’ o sea cerveza y la digas como la digas, al instante estarás complacido. La única pregunta que te harán es si la quieres grande o pequeña, pero en inglés claro. Faltaría más. Y como tienes esa palabra tan aprendidita pues ¡hala! a la rica ‘bier’, como mínimo tres diarias y de 33ml. Otros se las bebían de una sentada, pero Celia no es precisamente una bebedora. La ventaja es que tiene poca graduación y no se sube a la cabeza. Algo es algo.

martes, 7 de julio de 2009

De viaje



Celia ha decidido tomarse unos días de vacaciones. ¡Por fin ha llegado su mes favorito: junio!. Su descanso no consiste en tirarse a la bartola en una playa caribeña y contemplar el mar o las palmeras. No. A ella le gusta andar, conocer cosas nuevas, culturas diferentes. Y claro, sus vacaciones se convierten en un cansancio continuo, pero a la vez gratificante; porque conocer significa estar aquí y allá, saber ‘lo que se cuece’ en cada ciudad, en cada esquina de sus calles, cómo son sus gentes, qué hacen, cómo viven y por supuesto qué comen o beben, pues dicho sea de paso, la gastronomía es muy importante.

En esta ocasión el país elegido ha sido Alemania. ¡Oh, qué rica cerveza voy a tomar!, pensaba antes de emprender su viaje, saboreando ya con la imaginación el frescor de esa bebida una vez que los labios han traspasado la barrera de la espuma. Sin embargo, lo que nunca pensó es que recién iniciado el verano se fuera a encontrar con 13 grados de temperatura y esa llovizna, que en el norte llamamos ‘chirimiri‘, y que a lo tonto te va calando pies y, si no llevas paraguas, pues el resto de la indumentaria, incluida la cabeza. Ya de entrada, y nada más salir del aeropuerto de Munich, una ola de aire fresco sacudió el cuerpo de Celia, que había iniciado el viaje bajo el tórrido calor de más de 30 grados. Terrorífico.

Pero he aquí que un corpulento joven de raza negra esperaba a la salida del aeropuerto con un Mercedes negro que, para más señas, tenia instaladas dos pantallitas de televisión en la parte trasera de los asientos delanteros. Para qué pondrán tanta televisión si cuando llegas de viaje lo que menos te apetece es ponerte en contacto con el mundo de la realidad. Sin embargo la cortesía del chófer para con sus invitados no tuvo límites: una calefacción a todo trapo que iba subiendo a medida que avanzaban por la carretera de acceso a la ciudad les acompañó durante toda la ruta. Dios mío casi una hora separaba el aeropuerto del hotel y la cabeza de Celia estaba ya a punto de estallar. Y encima el negrito no hablaba castellano. ¿Cómo decirle que bajara un poco los ‘graditos’ si él llevaba una zamarra que ni Celia se pondría en pleno invierno?. No lo comprendería. Aquella hora se convirtió en una auténtica tortura china.

Eso si, amabilidad toda: señora, entre por esta puerta, caballero pase por la otra puerta. Igualito, igualito que en España, donde si las señoras entran primero tienen luego que recular hasta posicionarse detrás del conductor por aquello de que si entras por la otra puerta te puedes quedar en el intento: cualquier vehículo que venga a una velocidad de vértigo te puede dejar en el lugar pasando a mejor vida. Pero él lo tenía todo muy estudiado y muy claro. No contravienen las leyes, pero si se fijan muy mucho en cómo deben aparcar el coche para que esto no suceda.

La llegada al hotel no dejó de ser menos dramática. Todo era perfecto pero las camas estaban cubiertas por sendos edredones de los que abrigan de verdad. La cuestión era decidirse por eso o nada. El ‘eso’ era cómo meterse en una sauna semejante y aguantar toda la noche, y el ‘nada’ era cómo quedarse al fresco y claro por la mañana podías aparecer como un pingüino. O sea que al edredón y a dormir por narices, pues el poner el aire acondicionado no es precisamente lo más recomendable para la salud.

Al bajar a tomar un refrigerio antes de acostarse, Celia se percató de que en la entrada del maravilloso hotel, vamos en la p…calle, señoras y señores y no precisamente empleados del hotel, deambulaban con los cigarrillos en la mano. Aquello dejó su sangre heladita. ¿ Y voy a tener que salir el fresco para fumar un cigarro?, se preguntó con cierta angustia. Pues si; la prohibición de fumar en cualquier lugar que no sea la calle se lleva a rajatabla. Por eso cuando sale el más mínimo rayo de sol y los restaurantes y cafeterías sacan sus mesas a la intemperie, en ninguna de ellas falta el cenicero de marras y ahí es donde todo el mundo acompaña sus jarras de cervezas o sus cafés con el cigarro en mano, lanzando al cielo bocanadas de humo con un placer increíble.

Lo más curioso es que posteriormente en un hotel de Berlín la habitación que les tocó en turno tenía una pequeña pegatina en la puerta advirtiendo que estaba prohibido fumar. ¿ Y por qué en mi puerta sí y en las otras no?, se quejaba Celia, que sin embargo al entrar en la alcoba se percató de que había un cenicero en la mesa que ocupaba el centro de la habitación. Como esta tenía una terraza y para no contradecir la estrictas leyes, tomó el cenicero, un cigarrillo y salió a fumar a la p…calle.

viernes, 12 de junio de 2009

Verborrea barata




Ja, ja, ja, me rio de los prepotentes, de los creen saber todo, de los que estiman que ellos nunca cometen errores y a la primera de cambio la hacen y gorda, de los que no saben qué decir al menor contratiempo cuando han hecho alarde de la verborrea más pura y dura para atacar al más débil, de los que se creen en posesión de la verdad sin admitir la más mínima crítica o consideración.


Me rio y al mismo tiempo me dan pena y lástima, pues lo único que demuestran es su pequeñez de miras, su estupidez, quedando en evidencia ante cualquier contrariedad que se les presenta. No admiten esa palabra tan sencilla como es decir 'no', la primera quizá que aprende el ser humano, o esa simple frase de "tienes razón amigo".


El prepotente se endiosa y envalentona ante el resto de los seres humanos. Cree que puede engañar a los que tiene enfrente, que su inteligencia está por encima de la de los demás, que con unas palabras bien maquilladas y adornadas, con guinda inclusive si viene al caso, puede hacer creíble su discurso preparado para la ocasión.


No se da cuenta, o prefiere ignorarlo, de que muchos de los que le escuchan están muy por encima de él, están dotados de mayor sabiduría e inteligencia; porque de sabios e inteligentes es saber escuchar, es saber admitir críticas y observaciones, es dialogar y no imponer, es tratar en definitiva a las personas como lo que son: seres humanos.

sábado, 6 de junio de 2009

Cuestión de destreza

Celia acaba de llegar de su clase de Pilates y está hecha unos zorros, pues la profesora les ha metido caña a base de bien. Hace su entrada triunfal en casa con el pensamiento de sentarse en el sofá y ver esa maravillosa película en la que trabaja su actor favorito, Robert Redford. Pero nada más meter la llave en la cerradura de la puerta se percata de que no está sola en casa y de que alguien se le ha adelantado y posiblemente adueñado del mando del televisor de plasma con TDT incluida; esa palabreja le recuerda a los productos que se usaban antiguamente para matar a ratas, cucarachas y otros bichejos.

-¿Quién ha ocupado mi espacio vital?, dice Celia utilizando un tono en el que ya deja entrever su contrariedad.
El marido, que se encuentra sentado en su sillón, lee el periódico a la par que compagina esa actividad tan lucrativa con el programita rosa de la jornada. Celia no se explica cómo se puede estar al loro en ambas cosas a no ser que con un ojo lea, y que se entere de lo que lee, y que al mismo tiempo con el otro ojo, y agudizando el oído, pueda seguir una conversación, diálogo o el guirigay en que se convierten la mayoría de las veces esos programitas. Y ojo, todo ello sosteniendo el mando en no sé qué mano. ¡Y que no se lo quite nadie!

Pero claro tiene que simular que el programa le interesa de verdad y entonces cierra el periódico, pero no suelta el condenado mando ni aunque le digas que en la cadena equis hay una película preciosa y maravillosa que te gustaría ver. Entonces no te queda otra alternativa que irte a tu cuarto y ver a tu gran Robert en versión diminutivo (porque la televisión es pequeñita, no por otra cosa), recurrir a la pataleta o amenazar con dejarle sin la cena. No cuela.

Sólo queda una última alternativa y es que el señor de la casa se quede dormido, como suele ocurrir a menudo. La hija de Celia, que contempla calladita el trauma cotidiano de su madre, se confabula con ella para avisarla en el supuesto de que el susodicho, o sea su padre, eche la cabezadita de una vez por todas.

El momento tan añorado llega enseguida; pero ahora se plantea otra cuestión y es cómo quitarle el mando de entre sus manos antes de que fallezca por un recalentamiento de las pilas. A veces es fácil y no se entera porque le puede más el sueño. Pero ojo, cuidado con los dedos de esa mano porque pueden, sin querer, empezar a apretar alguna tecla indebida y entonces sí que la hemos armado gorda.

En el caso de que ocurra esto último, que ya ha sucedido alguna que otra vez, te puedes encontrar con ese cartelito que te dice que no hay señal o algo parecido o bien no dar con las numerosas cadenas que tienes programadas porque el dedito en cuestión ha apretado el botón en el que no sale más que las regionales y poco más. Vamos, un desastre que Celia ya con el mando en la mano trata de desenredar, sin tener mucha idea de por donde se anda.

Y he aquí que encontrándose en tan desesperada tarea y con la película corriendo minuto a minuto, el infante despierta de su sueño y observando el desesperado empeño de Celia por arreglar la situación no se le ocurre decir otra cosa que ¡qué pasa!, que por qué la tele no funciona, si hay tormenta.
-Tranquilo chico, dice Celia, pero me gustaría saber dónde has posado tu dedo que esto no funciona.
-¿Ahora me echáis la culpa a mí? Yo no he hecho nada, se disculpa.

Al final Celia y su hija consiguen arreglar el desaguisado gracias a que tienen alguna ligera idea de cuál ha podido ser el botón que ha sufrido el atropello de marras por aquello de la cercanía al dedo índice. Todo vuelve a la normalidad y por supuesto Robert Redford acapara la pequeña pantalla del televisor gracias al trasvase del mando.
-¿Pero si esa película ya la habéis visto cien veces?, dice el marido de Celia un tanto fastidiado de no ser el dueño y señor del mando.
-Y tú a toda esa pandilla que no hace más que cotillear la vida de todo el que se les pone a tiro, y encima ponerles de vuelta y media.
En el fondo, y aunque les duela confesarlo, hay que ver cómo les gusta a muchos hombres esos programitas de marras. Y luego dicen de las mujeres