martes, 15 de octubre de 2013
Carnet de carretillero
Hace tiempo que buscaba trabajo. Todos los días estaba pendiente de los anuncios en el periódico, de los que se pegaban en los cristales de las tiendas recién inauguradas, de aquellos que se ponen en los postes de las farolas o los que llegan a través de Internet. El caso era encontrar algo que le ayudara a salir de su penosa situación.
Y he aquí que un día le llegó un anuncio a su móvil, en el que una empresa precisaba de un administrativo/a de logística. Aquello le sonaba bien, era una palabra muy rimbombante, muy actual, de nuestros tiempos; vamos que nuestros antepasados se quedarían con la boca abierta o recurrirían al diccionario para conocer exactamente el contenido de dicha palabreja aplicada a un puesto de trabajo:“Parte de la técnica militar que trata de….”.
El joven en cuestión no quiso leer más y se puso en contacto con su mejor amigo, a quien contó la primera parte del anuncio. Luego siguió leyendo. ¿Cuáles iban a ser las funciones del futuro contratado?. Estaban muy claras; a saber: “entrada y salidas de almacén a través de sistemas informáticos, colocación de mercancía”. ¿Y qué tendrá que ver eso con un administrativo?, se preguntaba.
Pero la cosa no acababa ahí. Ahora venían los requisitos necesarios para acceder a tan alto cargo: “experiencia en almacén, conocimientos informáticos y ojo, muy importante, carnet de carretillero”. Sí, sí, han leído bien. ¡Carnet de carretillero!.
¡Vaya!, se dijo, tengo todo menos el dichoso carnet ese que no sé dónde se podrá obtener. Lleno de rabia, el joven llegó a la conclusión de que precisaban de una persona que desarrollara tres trabajos a la vez: no solo ser administrativo, sino también tener el dichoso carnet para andar con la carretilla de acá para allá, colocar la mercancía y, muy importante, controlar mediante sistemas informáticos las entradas y salidas del almacén. ¡Toma ya!.
Creo que me he equivocado de anuncio o de carrera, se dijo. Si hubiera estudiado ingeniería igual hubiese acertado.
Pero lo mejor faltaba por llegar y eran los estudios que se requerían para tan prestigioso puesto. Decía así: Formación Profesional grado superior, ahí es nada ya que implica tener el COU, y una experiencia mínima de 3 años. ¡Vamos, mi gozo en un pozo!, comentó a su amigo, porque el joven en cuestión sí tenía la FP, pero le falta el carnet de conductor de carretilla y haber trajinado con ella durante tres años. Casi nada. ¡Y para eso tantos estudios!.
¿Cuántos se apuntarían? ¿Superaría alguno la prueba?.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Concierto movidito
Encontró entradas para acudir al concierto que tanto esperaba. Celia estaba que no cabía en si; por fin podría oír música clásica y en este caso de la mano de la orquesta Sinfónica de New Russia. El programa era muy apetecible. Después de acicalarse y empolvarse un poco la cara, allá que fue con una de sus hijas, pues al marido de Celia, todo hay que decirlo, no le atrae la música clásica. Él se lo pierde, pensó.
Estaba en el teatro la ‘crema y nata’ de la ciudad esperando oír la musiquilla que diera el toque de atención para indicar a los asistentes de que el concierto iba a comenzar. Celia y su hija ascendían por el pasillo para instalarse en la fila que les había tocado. Nada más llegar a sus asientos no podían dar crédito: a su lado estaba una señora abuela acompañada de un niño que no tendría más de ocho años si es que llegaba.
Éste me dará la noche, pensaba Celia. Y así fue. Vaya nochecita. Vamos que Celia no se concentraba en aquella música tan maravillosa y placentera a causa de la ‘música’ que tenía al lado. Ya desde el principio el niño en cuestión hacía miles de preguntas a su abuela sobre los instrumentos a la vez que no sentaba el culo en el asiento por nada del mundo. No valieron las indicaciones de silencio que Celia de vez en cuando emitía, muy por lo bajines, para no distraer al personal ni a la orquesta.
Para colmo de desgracias, la abuela que iba toda ella engalanada de color rojo, que bruja pensó Celia, el color que me gusta a mí, sacó de su bolso un abanico, rojo y color madera, horroroso por cierto, y empezó a abanicarse con movimientos de derecha a izquierda como si quisiera dar aire o mejor dicho espantar a todos los que estábamos a su alrededor. Celia estaba que fumaba en pipa entre las preguntitas del niño y el abanico de su abuela que, al abrirse y cerrase provocaba otro ruido añadido más.
Los de la fila de alante empezaban ya a inquietarse y a mirar hacia atrás. Y he aquí que la abuela se levantó de pronto de su asiento, que fue ocupado de inmediato por el niño. O sea que éste se puso a la vera de Celia, quien estaba ya frita, roja y botaba en el asiento pidiendo clemencia al cielo, aunque el que verdaderamente botaba era aquel infante que esa noche y por culpa de no sé quien se encontraba oyendo una música que no era la adecuada para él y debía aburrirle muchísimo. Y los de a su alrededor, que habían pagado su entrada religiosamente, acudían al triple espectáculo: por un lado la orquesta, por otro el siseo del niño y por otro el ruidito del abanico abriéndose y cerrándose. ¡Zas, zas, zas! Y aquello no paraba. ¡Pero si hay aire acondicionado!, se decía Celia, para qué tanto abanico.
Al llegar el final de la primera parte, el público como suele ser habitual se levantó para darse un garbeo, lucir su último modelo o ver cómo va fulanita o menganita. Allí apareció el padre de la criatura y la abuela dijo a su benjamín: ¡mira ahí está papá!. Al pasar por delante de Celia ésta no pudo resistirse y le dijo: Anda vete con tu padre rico, frase que debió coger desprevenido al niño que miró fijamente a Celia.
¡Como encuentre un asiento libre me cambio!, decía Celia a su hija, que ya no aguantaba más aquella situación. Pero no fue necesario porque abuela y nieto no volvieron a sentarse más en aquellas butacas. ¿Qué habría pasado? A saber. Celia estaba feliz y por fin pudo escuchar su música favorita con atención y gozando de cada momento. Aquel episodio le había dejado, no obstante, un mal sabor de boca porque Celia es partidaria de que a los niños se les eduque en la música desde pequeños, pero otra cosa era llevarles a un concierto que no era el más adecuado para aquella criatura. Y es que esa primera parte había sido, por añadidura, un poco ‘espesa’.
lunes, 21 de febrero de 2011
Cuidados intensivos
Celia ya se ha jubilado. Bueno eso es un decir porque el ‘jubileo’ de la casa no llega nunca. Es más a veces el trabajo se multiplica a la hora de preparar la mesa durante los fines de semana, fechas en que aparecen hijos o nietos o ambos a la vez. Vamos que mientras no coincidan todos al mismo tiempo la cosa es llevadera. Ahora ha empezado una nueva etapa: la de los cuidados intensivos, que si médico por allí, medico por acá. Y todo para qué. Según dicen ellos para estar vigilada y que ciertos achaques derivados de la hipertensión, del corazoncito, que ya no está para muchas teclas, del colesterol, etc, etc no acaben con tu vida antes de tiempo por culpa de ignorar la existencia de estos profesionales.
- Oiga que yo ya he cumplido con mis deberes. ¿No tengo derecho a vivir en paz ahora que me he jubilado?.
Pues está visto que no. Un día vas al médico y te ponen un aparatito que lleva unos cables que conectan el corazón con una especie de móvil que va registrando los latidos del mismo y cómo funciona a lo largo de 24 horas. Luego vas a otro y te ponen otro similar o sea un medidor de la tensión que también tienes que llevar 24 horas. Ese sí que le manda narices pues cada cuarto de hora más o menos te toma la tensión, notas la presión sobre tu brazo y después de dejártelo estrujado y espachurrado que casi no te llega la sangre a las manos, va registrando en un aparatito también tu tensión máxima, mínima y el pulso. Es que es listísimo. Pero ojo porque todo el cableado tienes que llevarlo sujeto con un cinturón. Vamos un modelo última moda, como para ir a probarse un trajecito. Puesta de perfil puedes pasar por una embarazada de cinco meses, pero lógicamente ese no es el perfil actual de Celia.
Ya el colmo de los colmos es cuando un familiar de Celia le sugirió, y no precisamente en plan de broma, que a su edad debería visitar a un urólogo.
- La respuesta fue contundente: ¿cómo, tú estas chalado?. El urólogo es un médico de hombres. ¿Y por que no vas tu al ginecólogo?.
Tras una discusión, en la que dicho familiar no se atenía a razones y decía que en las salas de espera de dichos médicos veía también a mujeres (lógicamente acompañando a sus maridos), Celia cogió el teléfono y marcó el número del urólogo de su marido. Una amable señorita contestó y preguntó el motivo de la llamada.
Celia no se lo pensó dos veces: quiero pedir hora para que el médico me confirme si tengo próstata o no.
- ¿Cómo?.
- Señorita es una cuestión de dignidad.
domingo, 6 de febrero de 2011
Bolsos para andar
Que una persona entre en un comercio del calzado y pida unos zapatos para andar puede extrañar pero tiene su lógica sobre todo en estos tiempos en que los médicos recomiendan hacer ese ejercicio a todo el mundo. Es bueno para mantenerse en forma, para que trabajen los músculos, el corazón, para mantener el colesterol en sus niveles más adecuados, para los diabéticos. En fin que es bueno hasta para no encerrarse en casa delante del televisor y quedarse medio lelo de tanta ‘tele basura‘.
Pero lo más curioso es que hace escasos días y estando Celia en una tienda de regalos, entró una señora y dijo que quería un bolso para andar. ¡Toma ya!. Dicha señora describió el modelo ideal para realizar ese ejercicio, a saber: que fuera pequeño y que se pudiera llevar cruzado. Argumentaba la susodicha que, de esta forma, podía meter en el mismo las tres o cuatro cosas imprescindibles y así llevar las manos libres y no tendría, además, que soportar el peso de algunos bolsos que a veces por grandes se hace insoportable.
Celia se quedó mirando a la señora y pensando, pensando llegó a la conclusión de que a aquella persona no le faltaba razón. Porque ahora el diseño de los bolsos por lo general es más bien grande y cuanto más grandes dicen que más bonitos. Cuando te los pruebas en la tienda, colgándolos en el hombro o en el antebrazo te miras una y otra vez en el espejo, das veinte mil vueltas y dices: ¡Precioso, que bonito, que maravilla!. Te lo llevas a casa y el día del estreno es apoteósico. Me explico: metes las llaves, los pañuelos, el monedero, el tabaco, si fumas, el móvil, el paraguas por si llueve a no ser que haga un sol espléndido, la barra de labios y toda esa serie de artilugios que llevamos las mujeres. El caso es que cuando lo colgamos en el hombro este te desnivela con respecto al otro hombro. O sea pareces una persona deforme, vas torcida. Tratas de superar ese maltrecho cuerpo que se te ha quedado subiendo el hombro, pero entonces es peor el remedio que la enfermedad.
Mariquilla terremoto, la hermana de Celia, siempre dice: ¡Hija perece que llevas aquí la plancha!. Lo malo de todo esto es que después si haces una compra pequeña, ligera, lo vas echando en el bolso, como en él cabe de todo, piensas, pues venga por una cosita más no pasa nada. Lo peor es cuando llega el momento en que te llaman por el móvil, metes la mano, empiezas a revolver por aquí y por allá y no lo encuentras y cuando das con él ¡zas! lo que tienes es una llamada perdida. O sea que has perdido el tiempo y el dinero porque ahora serás tú la que tenga que devolver la llamada. Divertidísimo. Y lo mismo pasa cuando quieres retocarte los labios y no encuentras la barra, o buscar el monedero para pagar en un establecimiento o las llaves cuando estás delante de la puerta de tu casa.
¿Cuantas veces nos ha pasado eso?, se pregunta Celia, pues miles se contesta. Y encima llegas a tu dulce hogar reventada, agotada, con dolor de hombros, de la zona lumbar, cervicales, sin duda por todo aquel peso añadido. Y es entonces cuando Celia se acuerda de aquella señora que pedía un bolso para andar. Esa si que sabe y no acabará jorobada o maltrecha.
domingo, 16 de enero de 2011
Canciones fuera
¿Recuerdan los más carrozas aquella canción en la que Sara Montiel, con un cigarrillo en la mano, grandes dosis de sensualidad, ojos chispeantes entornados, lengua para afuera y para adentro, entonaba “Fumando espero al hombre que más quiero…?”. Los que la vieron actuar bien en cine o en teatro son, sin duda, unos afortunados, pues ya no volveremos a disfrutar de su pico de oro cantando dicha canción. ¿Qué ha pasado? ¿Es que acaso nos ha abandonado?. ¡Noooo!, ni mucho menos. Sólo una puntualización y es que como ahora no se puede fumar en lugares públicos, la Saratíiiisima y todas las actrices de la revista tendrán que quitar de su repertorio esa canción, aunque queda una posibilidad: organizar un concierto en la Plaza Mayor, con la cheslón incluida, para dar más ambiente.
Dicen que esta canción estuvo censurada en el pasado siglo, luego volvió a los escenarios y resulta que después de más de treinta años de democracia nos encontramos un buen día con que esa canción no se va a poder cantar en el amplio repertorio de las revistas que se escenifican en los teatros por culpa de una leyecita que prohíbe a doña Sara y demás salir al escenario con su larga boquilla y su cigarrillo.
¿Será que vuelve otra vez la censura?. Nada más lejos, por favor; son cosas de la vida que se repiten por unas u otras circunstancias, pero está claro que Sara Montiel no subirá a los escenarios para cantar ‘Fumando espero’. Habría que preguntarle su opinión al respecto. Mientras tanto me imagino a esa actriz, que cautivó tantos corazones allá por donde pasara, en su casa, cómodamente sentada en una butaca, con las piernas cruzadas y fumándose no ya un cigarrillo como exigía el guión, sino un gran puro habano como viene haciendo habitualmente desde hace años.
sábado, 15 de enero de 2011
Prohibido prohibir
- Abuela, ¿es verdad que ya no fumas?, pregunta a Celia uno de sus nietos, mirándola con cara de candidez y al mismo tiempo de admiración.
- Has acertado, pero quiero que quede bien claro que: primero, lo dejé hace cuatro meses; segundo, por voluntad propia, y tercero, POR-QUE-ME-DIO-LA-GA-NA. O sea que nadie me lo ha impuesto ni atentó contra mi libertad. ¡Faltaría más!.
- Y no lo echas en falta?.
- Pues mas bien como que no. Y me alegro de haberlo hecho a tiempo porque si no lo hubiese pasado mal. Ya sabes todo lo que te prohíben te sienta como una patadita en salvase a las partes.
- ¡Ah!, dice el niño, quien no acaba de entender el contenido exacto de la palabra PROHIBIR. El sabe que es algo así como impedir y entonces recuerda que su profesora les ha dicho en clase que no deben hablar.
- Algo así, hijo, algo así.
- Pero, y él vuelve a la carga, yo veo a la gente fumar en la calle y en mi casa mis padres también fuman y cuando vienen sus amigos no te quiero ni contar, abuela, y además hay alguno que fuma unos puros así de grandes (señala con sus manitas), como el presidente de Cantabria. Entonces, ¿por qué lo han prohibido y por qué en unos sitios se deja fumar y en otros no?.
- Buena pregunta chico y te la voy a contestar: Dicen los que mandan en este país, que es para que tú crezcas más sano y de esta forma preservar el cáncer de pulmón o que al menos no siga aumentando el número de enfermos, pues fumar tú sabes que es malo y conlleva muchos gastos sanitarios para poder curarles, razona la abuela. De ahí, que hayan prohibido fumar en los lugares públicos, en las cafeterías, en los restaurantes. Pero eso sí, puedes fumar en la calle todo lo que quieras y en tu casa ( al menos por ahora). Lo malo es que cuando llegues a la adolescencia es posible que te ofrezcan el primer pitillo y si te gusta sigas adelante como lo han hecho todos los jóvenes de todas las generaciones. ¿Quién lo va a impedir?. Y eso sí que no va a cambiar por mucho que se empeñen.
- Abuela, no lo entiendo, explícame por qué, si está prohibido fumar en esos sitios, se sigue vendiendo tabaco.
- Por pura lógica, hijo, que algún día entenderás. De algo hay que vivir y el tabaco deja mucho dinero al Estado.
- ¿Y tú crees que la gente dejará de fumar?.
- Unos sí, otros no. Al tiempo.
sábado, 8 de enero de 2011
Cuestión de bragas
Malén, una de las hijas de Celia, pasea con su marido y su hijo por las calles madrileñas. Hace un frío invernal y de pronto su madre dirigiéndose al niño le pregunta: ¿dónde has dejado las bragas?.
- No sé, responde este.
- Se las habrá dejado tiradas en el coche como hace siempre, tercia su padre, quien increpa a su primogénito por su desorden y le dice: A ver si tienes cuidado con las bragas y no las andas dejando por cualquier sitio.
Una señora, que solo había oído la segunda parte de la conversación familiar, vuelve la cabeza medio escandalizada y mira con cara de interrogación a ese trío de ‘degenerados’ que hablan de las bragas como si fuera una prenda que se puede dejar en cualquier lugar como si tal cosa y, en segundo término, a saber por qué se abandona por ahí como si fuera el pañuelo de los mocos, por decir algo. Por su forma de mirarles de arriba a abajo, Malén y su marido se percatan del malentendido, intercambian una mirada de complicidad al tiempo que sonríen ante la ignorancia de la señora, quien seguramente no sabría que también se llaman bragas a esas prendas de lana usadas por los soldados para abrigarse la garganta, nariz y si es preciso los oídos durante los crudos días de invierno.
La cuestión que en estas ocasiones se plantea es quién habrá sido la persona que bautizó con ese nombre a la susodicha prenda, pues la denominación de bragas como prenda femenina data de hace ya muchos años y la verdad, no me imagino a los soldaditos de Bonaparte con las bragas puestas atacando Rusia. Antiguamente se las definía como calzones anchos, vamos igualito, igualito a las de ahora, por lo que la Real Academia de la Lengua tendrá que ampliar la denominación y las diferentes formas que adoptan según el tamaño, etc. No es de extrañar que la señora en cuestión se quedara perpleja de la conversación que aquella pareja sostenía sobre las bragas del niño.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Otro año más
Celia está escribiendo, como todos los años, la carta a los Reyes Magos. Es una carta larga y extensa; en ella hay sitio para su marido, sus hijas, sus nietos y otros miembros de la familia, a los que en ese día se obsequia con los detalles que hayan dejado los magos de Oriente bajo el árbol.
El cabeza de familia ocupa siempre el primer lugar de la misiva y por ello Celia pregunta a su marido qué le pide este año a los Reyes. La contestación llega rauda y veloz para sorpresa de su mujer, ya que siempre suele contestar que nada, que tiene de todo y como mucho recurre al calendario zaragozano.
Pero en esta ocasión no da crédito a lo que está oyendo. Por primera vez en su vida de casada le llega una idea genial de su marido, a saber:
- Quiero algo que tengo pero que no me funciona.
Celia, a quien le ha cogido por sorpresa esta salida de tono de su marido, hace una traducción inmediata de su propuesta, suelta la carcajada, le mira de reojo y dice a su marido:
- Hijo, eso ya no tiene remedio por muchos milagros que quieran hacer los Reyes Mayos.
- Pero es que me viene muy bien para hacer mis operaciones.
- ¿De que estas hablando?.
- De una calculadora.
- Entendámonos, chiquillo. Ya creía que me estabas vacilando.
- Pero mira que eres mal pensada.
- Es que lo has dicho con un retintin y de una forma tan real…que una piensa y piensa.
- Vamos a dejarlo que ya te veo venir. Piensa que ya somos abuelos-abuelos o sea muy abuelos y hay lujos que no nos podemos permitir.
- “Pero a pesar de todo, yo”, canturrea Celia, quien añade con contundencia: eso no me impide que me vista de rojo. ¡Hale!.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Días de lluvia
No hay peor cosa que caminar por las calles durante un día de lluvia. Es como ir en un coche, a velocidad de tortuga y, como si de un vehículo se tratara, encima tienes que estar pendiente de los que vienen de frente. Tela marinera. Te acechan por un lado y por otro, tienes que irles sorteando, meneando el paraguas arriba, abajo, hacia medio lado. Vamos que entre unas cosas y otras acabas caladita con el trajín del dichoso paraguas. ¿Y cómo acaba la muñeca?.
¿De qué te ha servido el paraguas?. Echas pestes de la dichosa lluvia y al final te preguntas cómo puede haber personas a quienes les guste esos días grises y de lluvia. Claro que todo se explica si estas detrás de una ventana. Así es como sorprendió Celia a una de sus nietas, quien arrodillada en una silla observaba tras los cristales cómo caía al agua. No oyó los pasos de su abuela; estaba tan ensimismada y concentrada que no veía ni oía más allá del caer de las gotas de agua intermitentemente.
No es el caso de Celia, pese a que tiene por costumbre dar su paseo cotidiano haga como haga; pero lo de los paraguas ya es otro cantar. Encima, durante la transformación de algunas calles se han plantado una especie de árboles muy monos, sí, porque les puedes podar adoptando ciertas formas caprichosas bien redondas o cuadradas. Pero he aquí que sus ramas son bajas y muchas veces te das cada leñazo con el paraguas que peligra la salud de este último y no tanto la del arbolito en cuestión.
Celia camina por la acera, no es ancha y por ello tiene que estar pendiente de los que vienen de frente. Instintivamente ella sube el paraguas, pero los otros también han tenido esa ocurrencia y ahí que se produce el primer tortazo paragüeríl (vaya palabreja que ha salido). Sigue andando, ahora con más cuidado de los peatones y entonces para que no haya un encontronazo como el anterior, echa el paraguas hacia su derecha y entonces se armó la de San Quintín, porque daba la casualidad de que en ese momento alguien que no llevaba bocina estaba intentando adelantarla. Como consecuencia, todo el agua del paraguas cae en la cabeza del susodicho transeunte a quien oye despotricar: ¡Señora tenga cuidado! (bueno eso es lo más fino que dijo).
-Pero qué culpa tengo yo. ¿Y usted por qué no ha tocado el claxon? Y además me estaba adelantando por la derecha, añade Celia, quien ya se empieza a cabrear e inventar un código de circulación de peatones en días de lluvia y con paraguas.
Parece que no, pero el tema da para hablar y mucho: luego están los choques frontales. Se suelen producir cuando hace viento y llevas el paraguas muy bajo para que el agua no moje la parte frontal de tu abrigo o cualquier prenda que lleves puesta. Y es entonces cuando se produce la catástrofe. Si logras que el paraguas salga indemne ya has conseguido unos cuantos puntos; de lo contrario lo mejor es dirigirse a la papelera más cercana y depositar allí las cuatro varillas que han quedado desvencijadas. Sin duda son los estragos de la lluvia y si a este fenómeno tan incómodo sumamos el viento entonces los comerciantes harán el negocio con la venta de más paraguas.
martes, 23 de noviembre de 2010
Karaoke para todos
Durante uno de sus paseos vespertinos. Celia y Mariquilla Terremoto se encontraron en la calle con una mujer que, sentada sobre un taburete, cantaba una dulce canción acompañada de música enlatada. Habría superado ya los sesenta y cinco años, era rubia de pelo corto, tenía los ojos azules y unas facciones muy dulces. Parecía centroeuropea. Ambas se la quedaron mirando y Mariquilla dirigiéndose a Celia la pregunto: ¿Alguna vez has cantado karaoke?.
- Ocasiones las he tenido bien cuando sales con grupos de amigos y amigas o cuando te alojas en algún hotel donde suele ser una de las distracciones favoritas para entretener a los huéspedes mientras toman una copa tras otra. Así salen luego las canciones.
- Si te dieran la oportunidad, ¿qué canción te gustaría cantar?, dice Mariquilla.
- Pues mira una que va muy bien con el día de hoy: ‘Piove’, te acuerdas, aquella que cantaba Domenico Modugno. Y mientras dice eso Celia, que camina con sus botas katiuska y bajo el paraguas, empieza a entonar la canción: “Mille violini suonati dal vento, tutti i colori dell´arco baleno, vanno a formare una pioggía d´argento, ma piove, piove sul nostro amore. Ciao, ciao banbina…..
- Oye para que te está mirando la gente.
- Bueno chica, a lo mejor es la oportunidad de mi vida. Te imaginas, yo la maravillosa Celia, con mi vestidito rojo, subida en un escenario, la alcachofa en mano y recordando a Modugno. Por cierto no me has dicho a quien te gustaría interpretar a ti.
- Mariquilla no lo duda ni un instante: al ‘Dúo Dinámico‘. Me sé todas sus canciones o sea que no necesito carteles que me vayan poniendo la letra.
Para asombro de Celia, Mariquilla empieza a entonar la canción también italiana de ‘Volare’.
Ambas siguen caminando, como dos cabras locas pero felices, metiéndose en todos los charcos que se les pone por medio. Hoy tienen clase de pilates y cuando llegan allí preguntan a la profesora: ¿Conoce la canción de Piove?
Esta frunce el entrecejo y responde con un no rotundo.
Celia no se lo puede creer. Recuerda que fue una de las canciones que además de ganar el festival de San Remo, se convirtió en una de las más populares de principios de los años sesenta. De pronto se la queda mirando y cae en la cuenta de que la diferencia de edad es abismal. Estas perdonada mi niña, pero no sabes no lo que os habéis perdido vuestra generación.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Elecciones sexistas
Falta solo una semana para que se celebren las elecciones catalanas y, sin duda, han sido las primeras celebradas en nuestra querida España en cuya campaña un buen número de partidos ha abogado por utilizar el sexo para captar a sus votantes, a los indecisos y a los desencantados. ¿Lo conseguirán?. Vamos que últimamente los extremeños, los andaluces y los catalanes se están soltando la melena: primero fue en el área educativa, en el que se planteaban clases específicas sobre la sexualidad. Como si los enanos de ahora no supieran griego, latín y de todo. Y ahora esto.
Después de ver a un presidente de la Generalitat disfrazado de ‘superman’ al más puro estilo de los cómics americanos y bajo el lema de ‘El increíble hombre normal’ (no sé a quién se referirá), su campaña se centra en aquellas cosas que interesan a los más jóvenes y ojo que como tal ’superman’ tiene poderes para cambiar las cosas. Pero ahí no acaba todo, ya que la campaña del partido al que representa, ha hecho un vídeo en el que hace alusiones al sexo. Lo llaman el ‘vídeo orgásmico‘, toma ya, y nos muestra el indescriptible placer que siente una votante al depositar su voto en la cajita de cristal. ¿Se imaginan a toda una cola, que espera pacientemente dejar su papeleta en las urnas, haciendo alarde de su inconmensurable placer? Algunos pensarían si se habrían confundido de local y estarían en uno de alterne.
Pero vamos a por más, pues también la actriz del cine pornográfico María Lapiedra ha grabado un vídeo de apoyo al ex presidente del Barça, otro de los candidatos, en el que aparece en ropa interior paseándose por los lugares más emblemáticos de la capital madrileña, calle arriba, calle abajo, ondeando la bandera independentista al tiempo que para la circulación mientras se grababa el vídeo en cuestión. Y yo me pregunto: ¿Por qué no lo grabó en Cataluña? No es por nada.
Otra candidata, Montserrat Negrera no ha querido ser menos y se ha unido a esa moda de hacer spots publicitarios con poquita ropa. Para ello recorre los pasillos y otras estancias de una casa en las que se observa ropa interior tirada por el suelo, copas de cava, botellas, camas con la ropa revuelta y al final se dirige a su público para decirles que si quisiera montar un escándalo se quitaría la toalla que lleva puesta (se supone que acaba de salir de la ducha). ¿Qué querrá decirnos con esto? A lo mejor no estamos en su onda y su lema transmite algo así como que si llega al Gobierno catalán va a bajar los impuesto o va a crear más puestos de trabajo. ¡Qué se yo!.
Y ya por último, a que viene ese spot, que bajo el lema de ‘Rebélate’ aparece una procesión de ciudadanos todos desnuditos cual ‘evas’ y ‘adanes’ en el paraíso terrenal.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Disfrutar el día a día
No hay mejor cosa que disfrutar del presente, del día a día. Dicen que después de la tempestad siempre vine la calma y Celia aprovechando un día soleado fuera de lo común en este otoño, sobre todo por la temperatura, se pone ropa cómoda, incluidos los zapatos y sale de casa con la intención de dar un maravilloso paseo y digo maravilloso porque ha decidido cambiar de su rumbo habitual y encaminar sus pasos hacia una zona más tranquila de la ciudad, lejos de bullicio que engendra el tráfico, las cafeterías, el comercio en general y el deambular de la gente de acá para allá siempre con prisas.
Después de una caminata de al menos tres kilómetros, siente la necesidad no ya física sino psicológica, de sentarse en un banco. ¡Qué placer contemplar ese mar en calma y al mismo tiempo dejarse acariciar por un sol que ya no quema y respirar el olor a mar y, que casualidad, a hierba recién cortada!. ¿Se puede pedir más?.
Tras de sí, una carretera bordea toda la costa por la que transitan coches y más coches, autobuses y más autobuses. No es que provoquen un ruido infernal, pero de pronto nota la diferencia cuando todo queda en silencio. ¿Qué ha pasado? Nada digno de mención. Solo que por un momento la circulación se ha parado. El silencio se nota, se respira, se palpa. Todos los sentidos se concentran en ese momento y entonces Celia cierra los ojos, agarra bien el bolso por si las moscas, y hasta sus oídos llega el ruido de las pequeñas olas cuando llegan a la orilla. Es solo un minuto o quizás menos hasta que el ladrido de un perro la saca de su ensimismamiento, mira hacia la playa y observa al canino correr de un lado para otro; se ve que está feliz sobre todo ahora que puede hacerse el amo y señor de la playa tras haber pasado la temporada veraniega. Se mete en el agua para recoger un palo que le ha tirado su amo, sale con él en la boca y de nuevo vuelve a repetirse la operación. No se cansa, ladra a su amo para que siga con el juego y así una y otra vez.
De nuevo vuelve el silencio y Celia disfruta a tope de esos segundos, cierra los ojos, pero pronto los abre para contemplar ese mar en calma, los pueblecitos del sur de la bahía y es entonces cuando recuerda al cantante Jorge Sepúlveda, quien cantó tantas veces a esa ciudad inspirado en la belleza de su bahía.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Que se nos va la Y?

¡Qué lío, qué lío!. Ahora no sé si mi apellido lo voy a poder escribir con la ‘i griega’, porque dicen que igual desaparece del diccionario, o que en vez de denominarse como hasta ahora pues igual pasa a llamarse ‘la ye‘. El debate debe ser muy intenso pues hace meses que ya se viene discutiendo. ¿Cuál será el resultado final? A saber. Esto no tiene ni pies ni cabeza. “Y por qué yo no voy a poder escribir mi apellido como a mí me dé la gana o mejor dicho como está inscrito desde que nací en el Registro Civil y que heredé de mi padre y este de mi abuelo y mi abuelo de mi bisabuelo y así sucesivamente?, reclama Celia un tanto cabreada. Se habrán dado cuenta nuestras cabezas pensantes de la Real Academia de la Lengua Española en qué tinglado se están metiendo?. Ellos son muy inteligentes y cuando hacen esos ‘arreglos’ por algo será.
De todas formas, vaya lío que están armando con estos cambios. A este paso todo va estar permitido: los acentos que cada uno los ponga donde le dé la gana, la palabra burro que más dará escribirla con ‘b’ o con ‘v’ si al final las nuevas generaciones van a ser más burras y analfabetas. Y así nos va o les irá. Para muestra de lo que dice Celia, esos mensajes que mandan los españoles a los debates que se celebran en las diferentes cadenas de televisión y donde se ve cada falta de ortografía que es de traca. Uno que no sabe si atender a los mensajes o a lo que nos está contando el contertulio de turno, ‘bota’ en el sillón cuando ve esas faltas que dañan el sentido de la vista. “Si mi maestra, recuerda Celia, hubiese visto en una redacción o examen algo por el estilo habría castigado a la alumna en cuestión a repetir al menos cien veces esa palabra hasta que se la aprendiese de memoria. Y vamos que si daba resultado.
Celia tiene un apellido un poco raro y muchas veces tiene que deletrearlo cuando hace una gestión ante una ventanilla o incluso en una simple tienda. Se imaginan cuando llegue a la letra ‘y’ y tenga que decir: ‘la ye‘. Vamos que la cara de pasmo que se le queda a su interlocutor/ra puede ser de película.
- ¿Qué es eso de ‘la ye‘ ?.
- Si hija, no es la ye-ye extraída de la canción de Concha Velasco, es la nueva letrita de nuestro alfabeto que la quieren llamar así, en el mejor de los casos, porque igual desaparece. Y no me da la gana de cambiar mi apellido, joe, dice Celia indignada.
- ¿Y como digo a una persona “yo me llamo Margarita“, por ejemplo?.
- Pues igual hay que decir io, que tiene una connotación muy italiana y además suena bien. No te preocupes, que seguro que de esta vamos a salir políglotas.
- Y eso que es?.
- Que al final vamos a saber más idiomas que el papa.
sábado, 16 de octubre de 2010
Al rojo vivo
Maridito, maridito mío, he visto un vestido rojo precioso. Me queda como un guante, me hace una figura que guau…. Vas a quedar impresionado, dice Celia con su voz más melosa y cautivadora, que quiere aprovechar su onomástica para sacarle un regalo a su cónyuge.
- Tú de rojo, a tu edad, no me parece lo más apropiado, contesta.
Aquella respuesta le cae a Celia como un jarro de agua fría. Chiquillo, dice, pero si acabo de entrar como quien dice en la década de los sesenta!. Quieres que vaya siempre de negro o de gris como nos marca desde hace ya años la moda femenina?.
Y entonces viene la consabida pregunta: ¿cómo es el vestido?.
-Hijo ya te lo dicho; es rojo, ceñidito al cuerpo, manga hasta el antebrazo y el cuello es tan cerrado y discreto que no te deja ver ni el hoyuelo de la garganta. No te preocupes que no tiene nada que ver con el que llevaba Julia Roberts. Al final el marido cede.
Es entonces cuando a Celia le viene a la memoria aquel episodio que hace unos años ocurrió entre su madre y una hermana suya o sea su tía, cuando la segunda planteó a la primera que le apetecería comprarse un traje de chaqueta rojo para el verano. Por aquel entonces ambas hermanas eran ya octogenarias, pero la verdad es que estaban de muy buen ver, siempre iban muy arregladitas, pintadas discretamente los labios y bien peinadas. Vamos dos pimpollos.
Al igual que su marido, la madre de Celia la contestó que adónde iba ella vestida de rojo. Todo era por la edad. La historia de antes se repetía. Desilusionada y compungida hizo caso a su hermana y se quedó sin su traje rojo como pretendía.
Pero la cosa no acaba ahí, ya que al verano siguiente la madre de Celia se compró un traje de chaqueta de verano rojo, rojo con el que estaba súper favorecida pues todos sabemos que ese color va bien a todo el mundo. El caso es que cuando la tía de Celia vio a su hermana de rojo se quedó casi sin habla, no daba crédito a lo que estaba viendo.
- Tú me lo prohibiste y ahora me vienes con estas?. Ni corta ni perezosa y pese a sus más de ochenta y cinco años le cayó otro traje rojo.
¿A quién se parecerá Celia?.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Cavernícola yo?

Suena el teléfono y Celia corre rauda y veloz a cogerlo antes de que deje de sonar y luego tenga que acordarse de ‘sampitopato’ por no haber llegado a tiempo. Por el camino se le sale una zapatilla que llevaba mal puesta por lo que está a punto de caerse; al mismo tiempo intenta ponerse una de las mangas de la bata. Y es que a Celia la han sacado de la cama.
Al descolgar una voz femenina pregunta “si es ahí la cueva de El Soplao” ( maravilla de las maravillas descubierta hace unos años en la comunidad cántabra o sea al norte de España).
Celia contesta a su interlocutora que se ha equivocado. Esta pide disculpas muy educadamente y se despide con un adiós.
A los dos días Celia recibe otra llamada y de nuevo una voz femenina pregunta por las cuevas de Altamira, ubicadas en la misma región. Tras colgar el teléfono, Celia un tanto mosqueada se dirige al cuarto de baño, mira fijamente al espejo y le pregunta como lo hiciera la madre de Blancanieves: ¿Espejito, espejito tengo cara de cavernícola? ¿Será que me han pillado ‘in fraganti’ por mis ideas retrogradas?.
- No, no puede ser, se dice para sus adentros Celia, acordándose de la conversación que ha mantenido con sus amigas a raíz de esa encuesta que, sobre la sexualidad de los españoles encargó, según parece, el Ministerio de Sanidad. ¡Qué preocupaciones tienen los políticos de hoy con la que nos está cayendo encima!, se dice.
El caso es que Celia había reunido en su casa a sus amigas para tratar esa ocurrencia tan ‘simpática’ para unos y ‘frívola’ para otros del susodicho ministerio, que luego dice que no hay dinero para ampliar la seguridad social a otros muchos ámbitos de la medicina como por ejemplo la pedicura.
- Anda esta con qué nos sale. ¿Y por que no citas otros áreas más importantes?, dice María.
- Porque hay algo que me saca de mis casillas. Por ejemplo, una cosa es que uno pague por arreglarse los pies y le pinten las uñas de rojo pasión para lucirlas con las sandalias, y otra muy distinta que pagues y no precisamente a un módico precio a una titulada en Medicina que te quita los callos, los clavos o todas esas ‘porquerías’ que van apareciendo con el paso de los años y que hay que extirpar por pura necesidad. Eso no es ninguna frivolidad y no todo el mundo puede permitirse ese lujo. Y Celia y sus amigas saben mucho de eso porque los años no pasan en balde y dejan huellas en esos pies que soportan todo el peso del cuerpo humano.
- Brrrrr….No hemos venido a hablar de pies sino de cómo se lo montan algunos/as, tercia Mariquilla, quien pregunta qué relación tiene los pies con la encuesta de marras.
- Tienes toda la razón, afirma Celia. Y volviendo a ese asunto digo yo: ¿a quién le importa cuál es la hora ideal que escogen los españoles para hacer el amor, si utilizan grilletes, que posturita adoptan, que artilugios utilizan?. Eso por decirlo de una forma fina, fina, vamos finísima.
- Una pregunta que se me ocurre y que seguramente no consta en la encuesta: ¿por qué la mujer chilla y el hombre no?.
- Mira no había caído yo en eso. Será cosa de repetir la encuesta.
La respuesta fue unánime: Y una m…..
sábado, 11 de septiembre de 2010
Coche nuevo?
Celia ha decidido comprarse un coche, pues ya está harta de que siempre tenga que depender de los demás. Por supuesto rechaza cualquier modelo de alta gama y prefiere uno pequeño, un utilitario, un ‘chiquito pero matón‘.
Junto a Mariquilla Terremoto y su amiga María se van en autobús a un concesionario de coches en las afueras de su ciudad. Esto es muy importante resaltar para poner de manifiesto la dependencia en la que viven las tres amigas para desplazarse a uno u otro lado.
Porque todo hay que decirlo y es que Mariquilla, que siempre fue una magnífica conductora, de pronto ha dejado el coche en manos de su maridito y a ella que la lleven, como si tuviera un ‘Bautista’ en casa a su disposición.
Por su parte María tiene también carnet de conducir desde su más tierna infancia, pero ojo ¡nunca condujo un coche!. Será petarda. El caso es que cada vez que tiene que renovar el carnet, ella es la primera que se pone en la fila.
Celia, sin embargo, nunca se presentó a un examen de conducir, y lo único que sabe de coches es que tiene ruedas, volante, que hay que echar gasolina para que ande, que lleva luces en la parte anterior y posterior del mismo y que desde hace unos años tienen aire acondicionado, cosa que la revienta pues su garganta no soporta ese aire que sabe Dios de dónde procede o quién estará soplando dentro del coche. Vamos que prefiere el abanico en un caso dado.
Un señor muy amable y encorbatado las atiende a su llegada, quienes con gran alborozo han entrado por la puerta fijándose en los modelos expuestos y discutiendo los colores.
-¿Qué desean, señoras?, pregunta amablemente el dependiente.
-¡Anda pues, qué cosas dice éste!, responde Celia. Usted que cree, que venimos a hacer la cesta de la compra?.
-Perdonen si no me he expresado bien.
-Si, si , perfectamente, dice Mariquilla, lo que pasa es que esta mujer enseguida se altera.
-Malo, pero que muy malo para ponerse al volante con ese temperamento, señora.
-Déjese de chorradas. Yo quiero un coche pequeño de esos que ahora llaman ‘entreárbolyárbol’.
-¿Qué?. El desconcierto del comerciante ya no tiene límites. María ríe a carcajadas por la salida de su amiga.
Mire, se explica Celia. Yo vivo en una zona muy boscosa, vamos donde hay muchos árboles en la calle y he pensado que lo mejor sería un vehículo que pueda aparcarlo entre un árbol y otro. Me entiende no. Pues eso.
Después de enseñarles varios modelos, al final Celia se decide por uno de color rojo, rojo explosivo. Este me va muy bien con los conjuntos que me he comprado para esta temporada otoñal, añade. Por cierto,¿cuántos caballos tiene?.
-Señora para lo que lo quiere usted los necesarios y además le sale muy económico porque los caballos no comen pienso. Con echarle gasolina, aceite y agua y llevarlo de vez en cuando a revisar ya está. No tiene de qué preocuparse más.
-¿Le parece poco? exclama Celia.
-Si y no se olvide de que hay que lavarlo, pasarle el aspirador por dentro. O sea, mantenerlo en forma y limpio.
-Pero bueno esto que es una casa ambulante?.
-Parecido y con la particularidad de que la lleva a donde usted quiera.
-Claro, pero para eso tengo que tener el carnet de conducir.
-Señora, usted lo quiere todo. Mire a mí me gusta vender coches, pero en este caso creo que es mejor que llame a un taxi o a su marido para que la lleve a casa y se olvide de su pretensión de ser un peligro público en la carretera.
-María, Mariquilla, dice Celia, vámonos. ¡Menudo machista que nos ha salido este!.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Vivir o no vivir
Qué razón tiene ese dicho de que “la vida no se mide por los logros profesionales y económicos sino por lo feliz y tranquilo que hayas alcanzado a vivir“. No todo el mundo estará de acuerdo con este pensamiento, pero lo cierto es que Celia cree firmemente en él.
¿A quién no le gusta que todo el mundo te halague y reconozca tus méritos profesionales? Conozco a pocos, aunque la cuestión es no pasarse y ser uno mismo. Pero no todos reaccionan de la misma forma y lógicamente se llega a un estado tal que uno se crece, se siente el ombligo del mundo, como si todo tuviera que desarrollarse a tu alrededor. En fin, te crees imprescindible. Y está demostrado que en este mundo en el que vivimos nadie es imprescindible. Para muestra: cuando uno se jubila o abandonas el trabajo por cualquier razón, nadie te echa de menos y tu mesa y tu cometido es inmediatamente reemplazado por el primero de turno.
Ser el ombligo del mundo implica más trabajo, mayor dedicación, horas y horas tecleando ante un ordenador, dando órdenes, manteniendo reuniones con unos y otros para sacar adelante la misión que se te ha encomendado. Los resultados pueden ser gratificantes, tu ego va creciendo enormemente, vas pavoneándote por doquier, aunque siempre hay algún ‘pero’ del que sólo te darás cuenta a largo plazo. Y es entonces cuando te empiezas a cuestionar: ¿y todo esto para qué?. ¿De qué me ha servido tanto sacrificio, tanta entrega si no he disfrutado de las pequeñas cosas de la vida? ¿Valía la pena?.
La felicidad es algo más que todo eso: Es acordarte que tienes al lado a un mujer con la que compartir muchas cosas, con la que dialogar y reír, y eso requiere tiempo. Es acordarte de esos pequeños a los que un día diste vida y que requieren amor, comprensión y nuevamente diálogo, y eso requiere tiempo. Es saber disfrutar de una sencilla puesta de sol, de un paseo en bicicleta con los tuyos, de un día en la playa, de una comida en el campo bajo un inmenso árbol, de un baño en el río, de una jornada de pesca. Hay mil formas de conseguir la felicidad con esas pequeñas cosas. Sólo al final del camino y si haces un balance de lo que pudiste hacer y no has hecho sabrás lo que te has perdido y entonces ya no habrá vuelta atrás. Por eso hay que saber aprovechar lo que se tiene, lo que verdaderamente importa. Tener tiempo para decir a los tuyos: os quiero.
El trabajo da más preocupaciones que satisfacciones y, además, la escalada trae a veces quebraderos de cabeza, zancadillas. ¿Merece la pena vivir así?.
domingo, 29 de agosto de 2010
Ensaimada para todos
María ha dejado a su maridito en casa y ha emprendido el vuelo hacia las islas Baleares a casa de una amiga que le ha invitado a pasar unos días en su mansión. Hay que aclarar que el maridito de marras también estaba invitado pero prefirió quedarse en casa y dejar en libertad a la pupila de sus ojos. María vivió los prolegómenos de su viaje en avión con verdadero nerviosismo pues era la segunda vez que se ‘embarcaba’ en un avión y en este caso iba sola.
Su amiga le decía: “No te preocupes. Si es facilísimo. Tú lee lo que salga en la pantalla. Estate al loro de lo que dicen por el megáfono y sobre todo de tu bolso, pues en estos sitios hay muchos amigos de lo ajeno. Ya sabes. Y ojo no te olvides de facturar previamente la maleta y cuando llegues a tu destino pues sigues a toda la turba que haya salido de tu avión hasta donde se recogen los equipajes. ¡Pero cuídate de seguir a los que llevan maletas de mano ya que esos saldrán directamente a la calle!, le advirtió su amiga. Y otra cosa más: no te tires del avión en marcha. El pánico se supera enseguida“.
María creyó tener aprendida la lección y puso en práctica todas las recomendaciones de su amiga. No obstante y para mayor seguridad se pegó, previa consulta, al lado de un caballero. Cuando María contaba a Celia estas anécdotas, esta última recordaba su primer viaje al extranjero con su marido, que al no saber idiomas era como si no sirviera para nada, y también tuvieron que arrimarse a un padre de familia, que les guió pasillos arriba y abajo hasta dar con el objetivo equis. Luego con años de experiencia, dices ¡Qué paletos!.
Aunque es de imaginar que todos más o menos habrán empezado con las mismas dudas e inseguridades a lo largo de la vida. El caso es que María había superado la prueba con éxito, pese a venir cargada con maleta y la rica ensaimada de marras tipo familiar.
Ya de vuelta María contaba entre risas y más risas el resumen de su estancia, lo maravilloso que lo había pasado en casa de su amiga, con vistas al mar, que todo hay que decirlo, piscina, jardín, etc, etc. A Celia se lo ponía una cara de lela, que habría que verla, y al mismo tiempo de disfrute por lo bien que lo había pasado su amiga. Al final llegó la pregunta tan esperada:¿Qué tal tu vuelta a casa?.
-La cuesta se me hacía tan ‘pindia’ que cuando llegué a la estación de autobuses y tomé contacto con la realidad, me fue imposible coger un taxi para ir a casa. O sea que ahí me tienes con mi maleta y la ensaimada debajo del otro brazo dirigiéndome a una cafetería cercana. Me senté, pedí un sándwich y un refresco para hacer tiempo. ¡Había sido tan feliz durante esa semana que no quería encontrarme con la realidad!.
-¿Qué hiciste luego?
-La maleta, la ensaimada y yo tomamos el taxi y cuando entré por la puerta de mi casa el primer saludo que recibí de mi marido fue: “Querida falta fruta y papel higiénico”.
-Genial. No hay muchos como él. Cuídalo María.
domingo, 8 de agosto de 2010
Otro en la familia

¡Celia!, ¡Celia!, llama su marido a voz en grito, un tanto mosqueado y cabreado ante la aparición de un cangrejo de mar en el cuarto de estar de la casa. ¿Se puede saber de dónde ha salido ese bicho?. No hay respuesta, el resto de la familia hacen risas mientras que Hugo, el nieto más pequeño, hace su aparición en el salón seguido de Celia, quien no da crédito a lo que está viendo. El niño coge con sus pequeñas manitas al negro y nuevo terrícola que parece haberse hecho dueño de la casa andando a sus anchas.
Ha venido nada más y nada menos que desde la terraza de la cocina, ‘paseando’ por esta misma, por el office, el pasillo hasta llegar al cuarto donde el padre de familia estaba tranquilamente viendo la televisión hasta que el ruidito de las patas sobre la madera llamó su atención despertando su ensimismamiento ante la pequeña pantalla.
- ¡Es mío abuelo!, responde con su voz un tanto grave para sus cinco años. “Ahora me lo llevo“, dice, no sin poner antes una cara de no haber roto nunca un plato. “Es que los hemos ‘cazado’ ayer con papá y mamá cuando estábamos en la playa y me han dicho que los guardara apara ponerlos con arroz”.
Guardados en un ‘taper‘, el cangrejito en cuestión había logrado levantar la tapa donde estaban todos juntitos (unos siete u ocho) para hacer unos largos en tierra firme. Vamos que sus vidas no duraron mucho pues al día siguiente, como es lógico, estaban todos patas arriba para disgusto del benjamín de la casa y alegría de Celia que pensaba qué hubiese ocurrido si ella fuese la que se hubiera encontrado cara a cara con el ‘bichejo’ en cuestión.
Cabía dos posibilidades: que la hubiera dado un pasmo o que gritando por toda la casa fuese a la cocina como alma que lleva el diablo para coger el insecticida pensando que era un alienígena. También podría haber llamado a los bomberos. Y es que, fuera de bromas, a Celia este tipo de habitantes marinos solo le gusta verlos en el plato, bien cociditos y si es necesario con alguna salsita añadida. Seguro que de haber estado sola en casa habría ido a por la escoba y el recogedor. ¡¡¡Y luego qué!!!. Celia no se lo quiere ni imaginar.
miércoles, 28 de julio de 2010
Notas romanticas
Estaba embelesado mirando a su mujer mientras ésta tocaba el piano ante un auditorio totalmente entregado a las interpretaciones de Chopin y de Schuman. Sus dedos recorrían con una habilidad increíble las teclas blancas y negras, negras y blancas, sin apenas depositar la vista en ellas. No había partituras. Sus ojos estaban prácticamente cerrados; a veces miraban hacia el infinito a la vez que movía la cabeza siguiendo el ritmo de los preludios o de las sonatas. Daba la impresión de que por su cabeza desfilaban miles de historias, paisajes, amores, sueños. Dedos y cabeza se movían al unísono, seguían unas notas plagadas de ensoñaciones, de romanticismo y, en ocasiones, alzaba una mano con lentitud para luego depositar de nuevo sus dedos en el teclado.
De vez en cuando dirigía, de reojo, su mirada hacia aquel hombre que, sentado en la primera fila, no se perdía ni una sola nota ni movimiento de su amada, que vibraba a cada instante cada vez que rozaba con mayor o menor fuerza cada una de las teclas.
Celia observaba a uno y otro intentando descifrar los pensamientos que pasarían por aquellas cabezas. ¿Qué estaría pensando él?. Sin duda todos sus sentidos estaban pendientes de aquella mujer a la que amaba, según dedujo Celia, por la forma de mirarla, de escucharla, absorto por cada uno de sus movimientos, seguro de que aquellos dedos no le defraudarían hasta el final del concierto. Y así fue como Marisa Blanes logró un éxito más entre el numeroso y entregado auditorio, que con sus aplausos reconoció a esta gran pianista nacida en la alicantina ciudad de Alcoy.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
